Entre la Procrastinación y la Culpa: Por qué Posponemos Tareas
¿Por qué nos cuesta tanto empezar lo que debemos hacer?
Posponer tareas es un hábito muy común, pero no por ello menos perjudicial. Cuando procrastinamos, no solo retrasamos nuestras metas, sino que también aumentan la ansiedad, la culpa y la frustración.
Lejos de ser un problema de pereza o falta de disciplina, la procrastinación está relacionada con creencias profundas, emociones y patrones aprendidos. Desde enfoques como la psicología cognitiva y la terapia racional-emotiva de Albert Ellis, sabemos que entender su origen es clave para poder cambiar este comportamiento.
1. Creencias irracionales que sostienen la postergación
Muchas personas que procrastinan sostienen ideas internas como:
- “Si no lo hago perfecto, no vale la pena.”
- “Todo es demasiado difícil para mí.”
Estas creencias generan ansiedad y evitan que iniciemos tareas. No es falta de capacidad, sino una forma de pensamiento que bloquea la acción.
2. Perfeccionismo y miedo al fracaso
El perfeccionismo es uno de los principales motores de la procrastinación. Pensamientos como “si no puedo hacerlo perfecto, mejor no empiezo” llevan a evitar tareas importantes.
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